Busca a alguien que se siente junto a ti.
Que observe en silencio, contigo, el atardecer.
Que busque tu mano cuando se vaya el sol.
Y que sea tu estrella
cuando te llegue la noche.
Cuando te vi por última vez
había luz con motas de polvo
sobre tu recuerdo.
Mi mente vagaba del living a la calle,
soñando ir más allá.
Las palabras guardaban un silencio absoluto
sobre los muebles tristes
y no sé si llovía;
pero, los pájaros sembraban peces
para ti
en el jardín.
Me miran fijo
las fotos de mis muertos.
Esquivo la mirada.
No quiero que me vean prisionero
de esta desesperada quietud
de esfinge pueblerina.
De este gotear de tiempo,
incesante,
sobre mi cabeza.
No quiero que me vean,
simplemente,
abrazado a tu recuerdo.
Contigo,
aprendí lo bello del dolor
y el dolor
infinito
de lo bello.
Camina tu recuerdo
entre el contraluz de esta mañana.
Recorre las piezas con una calma absoluta.
Me deja tu perfume de improviso.
Casi como una celada.
Y me pregunto si también
andará mi fantasma
por los cuartos vacíos de tu piel.
En el mágico país de la memoria
florece un árbol
mientras tú te alejas.
Decía
que gozaba como loca con el sexo;
pero,
le costaba entregarse.
Un vodka, dos, tres,
hasta que llegaba la risa y el deseo.
Entonces,
su vestido caía sobre el suelo
dejando
la esplendidez de su cuerpo ante
los ojos asombrados.
Luego,
se abría como flor primera y gemía
y reía
-Con cortas risitas-
y preguntaba:
¿Te gusta, mi amor...?
Y te abrazaba con sus piernas, sus brazos,
con el ardiente río de su sexo.
Y desaparecía para siempre la pieza, la cama o el sofá
y todo era una cascada de amor nunca inventado.
Placer, placer,
la agitación incontenible del orgasmo
y una chispa de tristeza que oscurecía
por un segundo su pupila.
Temía la caricia verdadera.
Arrancaba de ella
como perra herida por el palo.
Le gustaba el sexo, decía.
Pero huía, irremediablemente,
del amor.
El mar,
escribe un nombre sobre la arena húmeda.
Luego,
de un golpe,
lo borra con sus olas,
para que nadie sepa.
Nada sabías de geometría;
pero, trazaste una recta perfecta
entre tu olvido y mi mirada.
Le dije que era bella
- más que antes- ,
mentía.
Luego hicimos el amor.
Ella,
aferrada a su última esperanza.
Yo,
abrazado al amor
de mi memoria.
Ella se durmió relajada.
Yo, quedé mirando al techo.
Las lagrimas en mis ojos
hicieron borrosa
la ampolleta.
Ciego,
voy rozando las luces con mis manos.
Dibujando
océanos azules en mis ojos de sal.
Palabras y vuelos entre tanta luz
que me ahoga, porque
ciego
voy
rozando la estela
de tu nombre.
En la biblioteca de mi vida
hay un montón de días con
las páginas en blanco.
Amarillentas hojas con tu nombre
repetido hasta el cansancio.
Falso hechizo, ése.
Pues tu foto junta polvo en
mis costillas.
Recuerdo que dormías desnuda
sobre las horas de un domingo
en el que yo -peinado cuidadosamente-,
salía a caminar
mis primeros pasos de hombre
por la vida.
Que escribí estas palabras para ti
es mentira.
Las escribí porque quise.
Para tener algo que decir. Algo que escribir. Algo
que sangrar en estas horas
en que vago
libre
sin tu sombra.
Llevé tus recuerdos hasta la piedra sagrada,
para ofrecerlos
en sacrificio
a los días nacientes
de Septiembre.
Su corazón era exclusivo.
Con una gran etiqueta de marca.
Lo iluminaba constantemente
para que destacara en su vitrina.
Inalcanzable,
para aquellos que -como yo-,
sólo podíamos
admirarlo
con ojos de cordero
tras el cristal.
¿Han visto,
cuando se despiden los amantes,
como calla la noche...,
cómo lloran los charcos
entonces
con la lluvia?
Vamos,
dejemos tranquila esta calle de domingo.
Volvamos
de la mano
al té del atardecer.
Esperaremos juntos
las estrellas
en
silencio.
Todavía llevo
una mirada de adolescente.
Una camisa flameando en primavera.
Todos tus recuerdos
en este viejo morral
enamorado.
El tuyo
fue un amor flacucho.
Tembloroso.
Asustado, como flor enferma en
un jardín desierto.
Temeroso a muerte
de la lluvia
que te entregaba
mi mirada.